A propósito del encuentro que sobre el “TDAH”, tuvo lugar en el Instituto Remontival de Lizarra-Estella. En la charla participaron como ponentes Cristina Catalá y quien suscribe, en calidad de psicoanalistas.
En primer lugar, señalar la conveniencia y pertinencia de poner a conversar experiencias y discursos diferentes en torno a la realidad de los niños y adolescentes que soportan este diagnóstico. Al hacerlo, aparecieron puntos de vista y apreciaciones singulares.
En segundo lugar, para el psicoanálisis la falta de atención y el exceso de actividad y movimiento son señales, mensajes, que los sujetos envían al medio y hay que ponerlas a hablar. No se trata, por lo tanto, de un diagnóstico en sí mismo. Obedecen a diversas formas de vincularse de estos niños con lo que les rodea y que hay que escuchar suspendiendo el juicio, es decir sin dar respuestas que obturan cualquier intento de interlocución, y buscan a través de una “respuesta química”, en muchos casos, una adaptación silenciosa y cosificada de estos niños a “su realidad”, siempre definida de antemano por los adultos a su cargo, padres, maestros, médicos, etc.
Pensamos que es necesario interrogar este “diagnóstico controvertido”, cuando menos, y el protocolo de intervención que lo sostiene casi automáticamente.
No es lo mismo que un niño presente inatención o déficit de atención e hiperactividad cuando en su casa hay una situación de malos tratos, por ejemplo; o cuando además de esas dos señales el niño refiere tener amigos imaginarios; o presenta una rigidez del pensamiento que le impide considerar cualquier punto de vista que no sea el propio, etc.
El sufrimiento y las dificultades para hacerse un lugar en la existencia comienzan en la infancia y se expresan de diversos modos. Cuando son intensos y excesivos cuestionan el epicentro del lugar en el que se producen y la función de las personas responsables; si es en el hogar, los padres; si es en la institución escolar, los docentes. En ocasiones, se busca a otro que desde un saber médico, científico, de respuestas y aporte soluciones. Pero, cómo saber acerca del acogimiento que unos padres concretos hacen a su hijo recién nacido; quién tiene respuestas para las particularidades de esos padres y el lugar que le dan a ese hijo; desde que saber instituido, y que no parta de la escucha de esos padres y de su experiencia singular y concreta, se puede abordar lo problemático de estas y otras situaciones en el vínculo con ese hijo/a.
No hay otro camino que el de escuchar la expresión y el testimonio de esa dificultad y ese dolor, que no es anónimo, que no se debe borrar bajo una etiqueta como “TDAH”. NO. Se trata de Haizea, Mikel , Alberto, Fermín, Clara… Cada uno desde su particularidad haciendo un llamado, que seguramente no saben expresar de otro modo.
Respetamos a quienes NO quieran saber qué de ellos mismos está concernido en estos modos de actuación, en estos síntomas. Cada quien hace su elección. No lo compartimos, no es nuestra posición ética. Nuestra experiencia nos dice que hemos de escuchar, en ese llamado, a un sujeto que, por pequeño que sea, trata de responsabilizarse de sí.
OTRA MIRADA EN TORNO AL TDAH
Extracto del encuentro que tuvo lugar, organizado por el Instituto Remontival, el 30-03-2017.
Seguramente, habrán escuchado, o leído, expresiones como: las anoréxicas, los esquizofrénicos, los tdah, etc.
Son denominaciones con las que no estamos de acuerdo. Y concretamente en el caso de los denominados tdah por varias razones.
Primero porque decir los tdah apunta al ser. Ser un tda. Y nosotros entendemos que no tiene que ver con el ser, sino con el tener.
Es un niño que tiene un nombre propio y un apellido y que padece de, lo que hoy se llama, un tdah. Es decir, no es, tiene. Y pienso que eso ya da una perspectiva bastante diferente.
Por otro lado decir las anoréxicas o los tdah, induce a poder pensar que todos son iguales. Otra cuestión con la que no estamos de acuerdo, porque cada niño o cada adolescente que padezca un trastorno “x”, en su particularidad y con ese trastorno, es diferente a cualquier otro niño o a cualquier otro adolescente; padezca este o no el mismo trastorno.
Y por otro lado, fíjense hasta qué punto puede llegar esta nominación que se puede escuchar, por ejemplo, a una maestra a la que le preguntan por un niño responder: “Es el tdah de segundo de primaria”.
Y, ahí, en ese punto, tendríamos “tdah” en sustitución del nombre propio y eso nos parece de bastante gravedad.
Hay diferencias irreconciliables entre la posición de la psicología y el psicoanálisis, en relación a los modos de enfermar, a los diagnósticos y a los tratamientos.
Para nosotros, los psicoanalistas, cada niño, cada adolescente y cada adulto, en su particularidad, es único y es así como hay que abordarlo.
Efectivamente, en la experiencia de la clínica con niños hemos podido ir verificando como síntomas similares que pueden presentar los niños responden a causas bien diferentes. La impresión que tenemos es que los diagnósticos de tdah se están haciendo en función de una serie de comportamientos o de síntomas en el aula. Y sin más consideración se efectúa el diagnóstico. Pareciera que no se quiere saber acerca de lo que subyace a las conductas.
Un niño puede manifestar ansiedad, angustia, intranquilidad, nerviosismo que le lleva a poderse mover en el aula, a no poderse centrar, a presentar distintas dificultades, por causas muy diferentes.
Antes de abordar la cuestión de las causas con más detalle, queremos subrayar una cuestión que tiene que ver con los primeros compases de la vida de cualquier recién nacido.
Entre la demanda y la satisfacción, un niño tiene que aprender a instalar un tiempo ¿Cómo se instala ese tiempo?
Empezamos porque en los primeros meses la madre le puede dar el pecho “a demanda”, o el biberón “a demanda”. En cuanto demanda, se le da.
Pero, poco después, llega un momento en el que se pasa a “cada tres horas”. Es un primer momento donde se instala un tiempo entre la demanda del bebé y la satisfacción. Y ese tiempo que se va instalando, durante la primera infancia, entre la demanda y la satisfacción… que luego puede ser, por ejemplo, cuando ya tienen un poquito de lenguaje y el niño dice “abua”, en lugar de precipitarse la madre a darle el agua, le dice, tranquilamente: “Espera un poquito que acabe con la tortilla” o “Ahora voy, en cuanto me lave las manos te doy el agua.” Desde el exterior, que marca al bebé en esas primeras experiencias. Pues bien, ese tiempo se va instalando como algo que él interioriza y que ya le pertenece.
Pensamos que muchos de los niños que hoy en día están diagnosticados de tdah tienen este problema. No han podido o no les han permitido interiorizar un tiempo entre la demanda y la satisfacción.
Esto lo escuchamos en padres jóvenes. Como están todo el día corriendo detrás de sus hijos, tratando de satisfacerlos antes, casi, de que se expresen: “y dale y ¡ay qué no les falte!”, “rápidamente”, etc.
Si estos niños no han instalado un tiempo entre la demanda y la satisfacción y llegan de sus hogares, a la escuela, con este hándicap. ¿Qué ocurre? Que tienen que esperar.
La oferta de la escuela conlleva esperar su turno, y no saben, les resulta intolerable. Se les ha respondido, siempre, desde la inmediatez. Al no soportar la espera se ponen ansiosos, se mueven, se distraen, no se centran. Se muestran inquietos y llenos de inquietud. Pero todos estos comportamientos pueden exclusivamente tener que ver con esta pequeña, pero fundamental cuestión.
¿En qué otro contexto se pueden observar este tipo de conductas o de sintomatología?
- Cuando un niño ha padecido, por ejemplo, abusos sexuales. Normalmente, en estas circunstancias, suelen tener dos derivas:
Por un lado, puede ser que se queden muy inhibidos, niños que se quedan muy ausentes y que participan poco… - Y otra deriva es, efectivamente, estar en ese nerviosismo, en esa agitación e intranquilidad.
- Otra causa puede ser que el niño esté siendo testigo o sujeto de violencia familiar.
Esto no quiere decir que todos estos niños sean iguales; que la violencia de cada familia sea la misma, ni que el niño tenga los mismos recursos para afrontarla, en una familia o en otra… Por eso, insistimos tanto en individualizar. Cada niño es cada niño; cada familia es cada familia: los recursos de los niños son diferentes. Las familias lo hacen de modo diferente, son más o menos perceptivas. Por eso, insistimos tanto en personalizar la atención, el diagnóstico y el tratamiento.
También nos podemos encontrar con patologías más graves, como pueden ser una psicosis infantil que pasan muchas veces desapercibidas, al haber hecho un “cajón de sastre” con la etiquetita de tdah. Todo es tdah.
La cuestión de las psicosis y pre-psicosis infantiles supone un problema estructural mucho más serio, mucho más grave. Requiere una atención diferente.
Por último, también se puede tratar de una neurosis de angustia. Niños que estén recibiendo el impacto directo y sin mediación de situaciones de fuerte sobrecarga emocional para las que los padres, en muchas ocasiones, no encuentran un manejo personal adecuado y que repercuten sobre los hijos de forma desestructurante.
Haciendo un poco de historia, en los años 80 a estos niños que tenían unos comportamientos así un poquito agitados en la escuela les diagnosticaban disfunción cerebral mínima (dcm) Entonces, se les mandaba a hacer un electro y qué casualidad les salían unas onditas un poquito peculiares y de ahí ya deducían que esos niños padecían una dcm.
Estos diagnósticos aparecen primero en EEUU; luego llegan a Europa y, por último, al estado español. Cuando en España se estaba con la dcm., en distintos países de Europa ya se habían realizado estudios con muestras en las que habían participado niños que no presentaban estos comportamientos en las escuelas y a los que les habían hecho un electro. El resultado fue que el 80% de esos niños también tenían esas onditas. Conclusión, se acabó el diagnóstico de dcm. Para entonces, muchos de estos niños habían estado medicados con antiepilépticos.
Y en este punto, abordamos el tema de la medicación. Nuestro criterio como psicoanalistas, salvo excepciones como pueden ser un autismo o una psicosis infantil grave, cuando hay riesgo de automutilación o de agredir al otro, un riesgo elevado. En esos casos, estaría de acuerdo con darles un poquito de medicación. Pero una medicación sistemática como se les está dando a los niños que padecen de lo que llaman tdah que, como decimos, muchos no deja de ser un diagnóstico controvertido. No estamos de acuerdo.
En primer lugar, porque no sabemos a corto o medio plazo los efectos secundarios que puede tener.
En segundo, porque, aunque parece que ha ido cambiando, en un primer momento les daban una medicación anfetamínica. Las “anfetas” excitan pero en el niño producían un efecto paradójico, es decir, les tranquilizaban. Después, han ido pasando a una medicación, más antipsicótica, pero de una manera muy irregular. El efecto de la medicación es el taponamiento. Los niños estaban más relajados, más tranquilos. Como cuando los mayores estamos muy atacados y se toma uno un ansiolítico pero desde luego eso no cura. Obtura y no permite investigar. Entonces, vemos adolescentes, con 17,18,20 años que siguen con la medicación para el tdah. Y les quitan la medicación y aparecen síntomas muy parecidos porque no los han resuelto.
En ningún momento, se ha oído hablar del sufrimiento en los niños. Los niños sufren. Los niños cuando están con esa inquietud, con angustia con ansiedad, hay un sufrimiento y a ese sufrimiento hay que ponerlo a hablar. Ha de ser escuchado.
Trabajamos con el discurso y con las palabras de nuestros pacientes. Y ahí tratamos de escuchar la singularidad y la peculiaridad de todos estos comportamientos, qué nos dicen acerca de los niños que los presentan.
El tdah, nosotros, lo pensamos desde esa posición. Algo en la vida, en las experiencias, en el devenir, de este niño, en sus vínculos, en las relaciones que está estableciendo con sus padres, con sus hermanos, con el mundo, hay algo que está provocando una respuesta, una manifestación, en modo de inatención, nerviosismo, todas estas características que señalaba Cristina y que son una señal siempre y cuando el Otro, en este caso un analista, quiera escuchar que detrás de esa manifestación abrupta y sinsentido hay algo más. No sabemos qué es, obviamente, pero espera ser escuchada y ser hablada.
Además de un diagnóstico y tras una serie de entrevistas para pedir su colaboración, y haber podido aproximar un diagnóstico que se ha de seguir verificando, hay que valorar la conveniencia de un tratamiento que puede ser individual, pueden ser los padres y el niño aparte; o solo los padres o solo el niño. En fin hay toda una particularidad que se va desplegando en el caso a caso.
El psicoanálisis funciona en el uno a uno. Las respuestas para cada uno son particulares son singulares y tienen que ver con la historia de cada uno . Cuando decimos es inatento pero hay cosas que ya le interesan y en esas es atento. Ahí estamos hablando de la peculiaridad de ese niño, porque muestra interés selectivamente; para unas cosas sí, para otras no.
Hoy en día, a la escuela se le exige flexibilizarse hasta el extremo de que la peculiaridad de cada uno tenga cabida ahí. Paradójicamente, la escuela tiene la finalidad de transmitir toda una serie de conocimientos y de pautas de comportamiento que son las mismas para todos. Se ha producido una fractura entre lo individual y lo colectivo. La demanda de dar cabida a todo, pensamos que es una cuestión que roza lo imposible. Y que, por lo que escuchamos, está confrontando a maestros y docentes con una demanda imposible de cumplir, de satisfacer. La única manera que hay de pensarla es desde un delirio de omnipotencia. La escuela ha de poder con todo. Allí donde el resto no puede, usted sí. Pensamos que mucho del descontento, desánimo y desesperación de los docentes tiene que ver con esta cuestión.