
Buenos días ¿dígame?
Si usted hubiera accedido a la consulta por teléfono, probablemente, ésas hubieran sido las palabras que lo habrían acogido. Es por eso que las encuentra al comienzo de esta presentación.
Son múltiples lo avatares, acontecimientos y circunstancias que llevan a los seres humanos a hacer una demanda a un psicoanalista. Habitualmente estas peticiones de tratamiento llegan tras intentos infructuosos de solución que se ven abocados a callejones sin salida. No se sabe qué hacer con esos sentimientos, pensamientos y afectos que se imponen dejando a quienes los padecen, tristes, confundidos e indefensos frente a los mismos.
En muchos casos nuestros pacientes acuden con preguntas o/y descripciones:
«¿Qué me ocurre? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Por qué no puedo decir que no? ¿Qué esperan los otros de mí, mis padres, mi pareja, mis hijos? ¿Qué quiero, qué deseo? Estoy desesperada. Mi hijo se pega a sí mismo en casa y pega a otros en el colegio, no sé qué hacer. Vengo porque me han dicho en el colegio que mi hija pasa mucho tiempo sola, no se relaciona con los otros niños… Conocí a un chico, al principio todo era muy bonito, pero hace un tiempo que le dije que se había acabado y me llama, me dice que ha cambiado, que ya veré… No sé si creerle, yo no quiero hacerle daño, pero él insiste que no le puedo dejar, que no sabe vivir sin mi. Estoy perdida».
Podríamos continuar. No lo vamos a hacer. Pensamos que estas frases expresan las dificultades que todos los seres humanos atraviesan a lo largo de su existencia, en diversos momentos y por diferentes circunstancias.
Hacerse, encontrar un lugar en la existencia es un proceso difícil, no exento de innumerables riesgos. Las experiencias van dejando marcas en nuestro cuerpo y se precipitan en nuestras palabras y nuestros actos.
Hay dos cuestiones fundamentales a las que todo ser hablante ha de dar respuesta. Por un lado la cuestión de que somos seres sexuados, hay diferencia sexual; y por otro somos seres finitos, nuestra existencia es finita. Y no queremos saber nada de ninguna de las dos. Los seres humanos nos defendemos de múltiples formas de estas cuestiones y en torno a ellas giran el resto: el deseo, el encuentro con el Otro, el hecho de que hemos sido hablados antes de saber hablar, etc.
Efecto de todo esto es que como dijo Freud: “El yo no es dueño en su propia casa”. O lo que es lo mismo, la ilusión de ser nosotros mismos, de ser dueños de nuestro destino, de saber por qué hacemos las cosas, etc., se desmorona como un castillo de naipes, dejando patentes nuestros conflictos, desgarros y angustias más desconcertantes.
Llegados a este punto, si lo que buscas o esperas son recetas de valor universal, frases hechas y que te digan lo que te ocurre sin interrogarte acerca de cómo estás concernido, implicado, en tus síntomas, en tu dolor y sufrimiento, tal vez deberías buscar en otro lado. Si por el contrario, intuyes, piensas o sabes que de una u otra forma estás sujetado irremediablemente a lo que te ocurre, que estás inmerso en tus dificultades y quieres saber qué tienes que ver en eso; que es de ti de quien se trata y que has de descubrir qué cuestiones se juegan ahí. Este es tu lugar.