Una de las razones para hacer una demanda de consulta a un psicoanalista es que el desarrollo del vínculo entre padres e hijos presente, desde los primeros momentos, unas características que a los padres les resultan de difícil de manejo. Muchas veces les resulta indescifrable interpretar el llanto de los niños, no acertando a responder ante él; o responden de forma unívoca, por ejemplo, siempre hambre, es decir, siempre “teta”; o lo único que lo calma es el pecho. Recuerdo a unos padres primerizos que no podían llevar a la niña en la silleta mirándola cara a cara, ya que leían en su cara que quería brazos y no podían no cogerla. Las dificultades se presentan cuando hay que oponerse a algo. Resulta casi imposible decir: “NO”
En este tipo de demandas, cuando se solicita tratamiento para un hijo, es habitual realizar una primera entrevista con los padres para conocer con más detalle qué ocurre con esta demanda. Que conductas presenta el niño, que manejo han hecho los padres de esas situaciones y, en mi caso, acostumbro interrogar por el momento en que acontece el embarazo, como discurrió el mismo, las cuestiones referentes al parto y los primeros compases de esa relación tan peculiar que se establece entre el recién nacido y sus progenitores.
La escucha se centra en poder hacer unas primeras hipótesis acerca de la subjetividad de los padres y las particularidades y singularidades del lugar que este niño ha venido a ocupar en el deseo de la madre, el padre o ambos.
Como saben el ser humano llega al mundo en unas condiciones muy peculiares de prematuración e indefensión que le van a dejar al amparo del Otro, en el mejor de los casos, y, cuando menos, a su disposición y arbitrio; sujeto a interrogantes que podemos enunciar en la pregunta: “¿Qué me quieres?”.
Es por esto que desde el psicoanálisis cuando pensamos lo sintomático del niño, hasta que no se completa el proceso de la represión y aparezca la capacidad de metaforizar, decimos que las dificultades que presentan los niños son el síntoma de la estructura inconsciente de la madre o de la del padre o de la estructura de la relación inconsciente de ambos progenitores.
El manejo de la transferencia (este término hace referencia a los sentimientos y afectos que en los pacientes surgen y se dirigen hacia el saber del analista) con los padres presenta una serie de avatares y da un tono y una intensidad singular a estos análisis. No podemos olvidar que los padres forman parte del dispositivo analítico, a veces a su pesar.
Lograr incluirlos, puede tornarse en tarea casi imposible. En ocasiones, porque no hay una responsabilidad por parte de algunos padres y madres que les lleve a interrogarse acerca de qué tienen ellos que ver en eso que se presenta en su hijo. A veces, las dificultades son frente a los llamados por parte del analista a implicarse en el tratamiento, apareciendo una desestimación clara. ¿Qué hacer?.
“Si usted no se compromete no voy a coger a su hijo en análisis” podría ser una opción. Hasta hoy no he tomado nunca una determinación así.
Habitualmente bien porque en el trabajo con el niño o la pequeña se ha establecido un inicio de transferencia o bien porque la gravedad y la soledad del niño me ha llevado a concluir, como he dicho en alguna otra ocasión, “Al menos tiene su análisis”.
Otras dificultades pueden tener que ver con los intentos de que el analista se posicione de una u otra manera en conflictos y situaciones que no tienen que ver directamente con el dispositivo ni con el análisis en curso, sino con cuestiones relacionadas con la posición de los padres, las dificultades que pueden estar atravesando la pareja como separaciones y divorcios. Lo cierto es que todos estos aspectos requieren de un manejo extremadamente fino y riguroso en la dirección de la cura.
En alguno de estos análisis, se trata de (una) parejas relativamente jóvenes, en torno a los “treinta y tantos” y que se confrontan con ese lugar, con tener que ejercer esa función simbólica de ser madre o padre, respectivamente.
En el curso de estos análisis, ellas, las madres, refieren desconcierto, asombro y desilusión ante el hecho de que el proceso de dilatación, en el parto, no se dio como ellas habían imaginado. O bien, no se dejaban acompañar por la profesional a cargo, o el proceso se detenía, dificultando el expulsivo, exigiendo el uso de instrumental… Otras hablan del momento en el que al ver al bebé experimentaron un profundo temor a no poder hacerse cargo de ese ser, miedos a si serán capaces de darles pecho, acerca de cómo cogerlos. Por otro lado, el bebé no hace más que llorar; ese trocito de carne enigmático y exigente, dicen…
Escuchamos experiencias íntimas que han dificultado, bloqueado, inhibido el libreto imaginario que ellas habían idealizado acerca de ese momento y que las dejan en muchos casos culpables frente a lo que viven como la impotencia de sus actos.
Ante estas situaciones, no en todos los casos, pero con bastante frecuencia aparece la determinación de dedicarse en exclusividad al bebé. Nadie mas que ellas se hará cargo del niño. Ellas han de poder. Esta exigencia se torna acuciante, en algunos casos. “Tú lo eres todo para mí y yo para ti”.
Ellas hacen todo esto porque interpretan que es lo que su hijo demanda y es lo mejor para él. Desconocen ahí el lugar de su propio deseo, colocándolo en el niño y revistiéndolo, de su lado, de un amor incondicional, amor sin fisuras, sin límites.
Por su parte, los padres, terceros excluidos, suelen decir: “Yo la dejaba hacer. No estaba a gusto con el papel que se me había asignado pero si ella lo quería hacer así… ella sabría”.
Al parecer sufren por esta ausencia de lugar, pero, en muchas ocasiones, lo dejan, claramente, en manos de ellas.
Transcurridos unos cuantos meses, muchas de estas madres se encuentran al borde de la extenuación. Aún así perseveran, mostrando una gran dificultad para discernir lo posible de lo imposible. Se empecinan en poder hacer un imposible. TODO no es posible.
Tras la confrontación con estas dificultades se intenta de todo: muchos cambios, muchas pruebas y bastantes contradicciones que dejan a los padres sumidos en un absoluto desconcierto y desamparo.
En este punto me gustaría señalar algunas cuestiones.
En primer lugar, en estos últimos análisis me escucho proponer a los padres abrir un tiempo de entrevistas con ellos. Seguir recibiéndolos a ellos, antes de tomar cualquier decisión respecto al niño/a.
En las palabras de algunos de estos padres podemos escuchar el efecto de esa intervención: “Sí, claro. Yo venía pidiendo, “Hazte cargo de nuestro hijo”, pero ya veo que el trabajo con nosotros es muy importante y que este va ser el camino”
En sus palabras, hay un atisbo de reconocimiento de que, lo que ocurre con su hijo, guarda relación con la subjetividad de ellos. Pienso por lo tanto, que ese acto de volver a recibirlos a ellos, a los padres, ha operado de hecho como una interpretación que señaló claramente los síntomas en el niño como respuestas al los actos y al deseo inconsciente de los padres.
La segunda se relaciona con el deseo de estas madres y el lugar de estos padres.
La interpretación del llanto de su hijo como demanda de exclusividad dirigida a ella; así como el lugar de este hijo como exclusivo, carne de mi carne para ella, son dos caras de una misma moneda. Amor que como nos indica Lacan subyace a toda demanda y que formuló así “ Toda demanda es demanda de amor”. ¿En qué sentido? En que más allá del supuesto objeto de satisfacción hay algo más que se demanda. Es la demanda del amor del otro que no apunta a lo que ese otro tiene para satisfacerla, sino que es demanda del ser del otro, demanda del otro como tal: lo que te pido es Tú.
Por lo tanto, hay que experimentar y transitar por los modos en que esta afirmación general ha sido vivida y actuada por cada cual.
Las primeras entrevistas realizadas han ido dirigidas a interrogar este libreto amoroso y a señalar el lugar de la ley. El padre se presenta, como un mero genitor, alguien que juega la función de fecundar, pero al que no se reconoce como función simbólica, sino que es colocado en muchos casos, en el lugar de hijo, uno más dentro de la fratria. Ahí es encontrado por el recién nacido, el cual no pudiendo distinguir a su madre de la mujer que esta madre es, rivaliza de tú a tú con el padre por el amor de la misma. La palabra del padre no opera como función simbólica que regula los intercambios entre esta madre y su hijo. Los goces de los protagonistas quedan por fuera de la ley.
En estos tratamientos, os señalamientos, las interrogaciones y las escansiones se han ido produciendo y, al parecer, en ciertos aspectos, están posibilitando ciertos cambios de posición tanto en el padre como en la madre, que están teniendo efectos sobre el niño.
Hemos de pensar que estas parejas con sus ensayos, sus pruebas y contradicciones como ellos mismos dicen, han tratado de crear un hogar en el que se contengan, a su modo, las reacciones extemporáneas del hijo.
De una u otra forma, la casa, en algunos casos, ha tratado de presentarse como adaptada a él, como un lugar libre, donde no haya cabida para los traumas, donde no haga falta el “NO” La madre juega ahí un importante papel. Cuando al dejar librado al niño a los designios de su goce se presentan las tensiones, juega al despiste con él, para no enunciar la ley. Le hace pasar a otra cosa sin que opere ley alguna.
De ahí que el niño muestre dificultades para manejarse en un mundo estructurado , como es la escuela. Al no haber operado la ley en el hogar, le va a resultar imposible plegarse a las exigencias y demandas de los profesores, así como a respetar a los otros.
El hogar sería como un mundo imaginario que pretende dar cobertura a lo que se presenta del lado de lo real del niño, sus exigencias, sus impulsos, sus pulsiones. Todo ello bajo el imperio del amor materno. La dialéctica se presenta casa/familia, mundo bueno, calle/escuela exigente, frustrante, opresor, mundo malo. Cualquier elevación de la tensión vivida en el exterior recibe como respuesta la retirada al hogar y allí goxo-goxo proteger al niño de las agresiones sufridas.
Como les he dicho las intervenciones durante estas entrevistas han ido dirigidas del lado de la madre a marcar la discontinuidad, a tratar de hacer aparecer la ausencia en dialéctica con la presencia, a instaurar algo del orden de la falta y la pérdida. Del lado del padre a interrogar y señalar que no son iguales, que su hijo y él no son pares, zipi y zape peleando simétricamente; que se trata de lugares simbólicos que ellos en cuanto padres han de marcar y refrendar con actos que acompañen a sus palabras la exigencia al hijo de someterse a la ley y humanizar así su deseo.
Los hijos no son de la madre ni del padre; no son su objeto; a lo sumo “pedazo de mi corazón” desprendido, perdido. El hijo es para la vida, hijo del deseo de vida y del amor por la misma. No está ahí para colmar satisfacer o restituir nada nadie. Es vida que ha de materializarse más allá de los padres.
Bien es cierto que se trata de un ser desamparado, desprotegido, que no ha terminado de formarse y que, durante mucho tiempo, va a necesitar de cuidados muy específicos para poder devenir alguien. De momento, no lo es. En el mejor de los casos, una promesa del Otro. Por sí mismo, no sabe ni de su existencia. Va a ser en ese Otro donde la va a recibir y donde ha de encontrar su lugar. Ese Otro que su madre y su padre encarnarán con las particularidades de cada caso. Por eso es tan importante que los padres se interroguen acerca del deseo que les mueve y del que hacen depositario a ese hijo. Máxime, cuando surgen las primeras dificultades.
El poeta hindú Rabindranath Tagore, en su obra “El profeta” lo expresa de este modo: “Sus hijos no son suyos. Son hijos del anhelo de la Vida de sí misma. Vienen por ustedes pero no de ustedes, y aunque están con ustedes, ustedes no los poseen… Ustedes son los arcos de los cuales sus hijos como flechas vivas son enviados…”
Y con las palabras del poeta, damos paso al coloquio. Muchas gracias.
Extracto de la conferencia impartida este curso 2017-18, dentro del ciclo de conferencias organizadas anualmente por Espacio Psicoanalítico, Pamplona.