Quizás he esperado demasiado para escribir estas líneas acerca de “Dunkerque”.
Tal vez, se hayan desdibujado unas cuantas líneas de pensamiento que me sugirió el film. Aún así, asumiendo esa pérdida, deseo mostrar mi reconocimiento a su autor, C. Nolan.
Pienso que es cierto. No se trata de una película bélica, al uso. Me parece que Nolan plantea, con fuerza, la cuestión de la supervivencia en tres planos diferentes.
El espigón, es lo real, ahí donde la vida y la muerte se la juegan en toda su crudeza. Una ratonera, al fin, a la que llegamos, seguramente, huyendo de algo que nos impide volver atrás.
El soldado inglés, que huye de las calles de la población y se expone a la luz cegadora del gran arenal, es su héroe. El héroe de la supervivencia en un espacio y un tiempo donde todo es imprevisible, todo caótico. Hay que luchar por vivir. Como sea, hay que continuar, seguir adelante. No hay otra opción. Cualquier precio es pagable, por la vida. Sin ella no hay nada.
Da igual que sea una guerra o no. ¡La vida es una guerra¡ Y la variedad y la diferencia de las decisiones individuales, forzadas hasta el límite, se nos presenta en un caleidoscopio de interesantes personajes
La banda sonora… de lo mejor que he escuchado. Y las imágenes de ciertas escenas se muestran bajo un velo apaciguador. El horror está ahí, no es necesario hacerlo explicito para sobrecoger al espectador.
En el aire, desde la altura, con la perspectiva que esto da, algunos aviadores se enfrentan a la vida, con mejores estrategias y de otro modo. La vida sigue estando en juego, sin embargo, las fuerzas están más igualadas. Es más imaginario. Existe la opción de responder al “otro” con las mismas armas y en la misma medida. Se trata de un “tú o yo “, en condiciones similares.
Por último, lo simbólico representado por esos barcos de recreo que acuden a recoger a aquellos atrapados en el espigón.
Alguien puede decir que me emociono con facilidad, pero lo cierto es que me emocionó. Me emocionaron ese padre y ese hijo que responden al llamado de la responsabilidad para con los suyos. Un padre que sabe como ha de hablar a su hijo; lo ha educado y le ha transmitido su saber. En ellos la esperanza de un mundo simbólico, más humano, más posible renace.
Ficción y realidad se trenzan a lo largo de este magistral film.