“Ya la he visto tres veces. ¿A qué es preciosa?” me dijo una amiga, cuando nos encontramos al encenderse las luces, tras la proyección.
Ante su raudal de emoción me quedé un poco sorprendido. Respondí con entusiasmo, que me había parecido una película sensible y preciosa.
Un poco más allá de la emoción, incluso de la estética y poética con la que la película te impregna, me parece interesante que el amor y la sexualidad, tan denostado uno y degradada ella en la actualidad, tengan un tratamiento tan sincero y verdadero.
Como saben, hoy día el amor es sospechoso de infinidad de comportamientos violentos y agresivos, como si estos no fueran responsabilidad exclusiva de quien los comete.
Convendría recordar aquí las palabras que Aristóteles dedicaba a aquellos cuyos actos se habían realizado bajo los efectos del alcohol. Les imputaba una doble responsabilidad, de un lado responsables de su acto y, segundo, responsables de haber ingerido alcohol. Ya ven, lejos de considerarlo un atenuante para el comportamiento, el Estagirita, le imputaba doble responsabilidad.
Qué pensaría de este discurso actual ¿ñoño, gazmoño?, que culpa al amor romántico de los comportamientos agresivos, denigratorios, violentos… de una serie de individuos, en lugar de buscarlos en la historia singular y particular de cada uno de estos sujetos y de cómo han ido inscribiendo sus experiencias particulares. Actos de los que, por otra parte, son completamente responsables.
¿Qué puedo decir de una sexualidad arrasada por una ola imparable de pornografía? Imágenes crudas y descarnadas donde lo real de la carne se ofrece sin ninguna articulación a una historia, a un mundo simbólico que trasciende el acto en sí mismo.
Volviendo a la película, el amor y la sexualidad guiados por el deseo, por la curiosidad sexual se nos muestran contenidos en miradas, en imágenes sugeridas, en momentos de una belleza sutilmente dolorosa… Objetos que se cargan de sensualidad dentro de esta historia que se toma un tiempo para que los amantes se encuentren y den rienda suelta a su pasión.
Las alusiones a la sensualidad greco-romana. La cultura dicha, leída, escuchada, escrita en partituras, en libros, o esculpida…, es el marco, la ventana a través de la cual el director despliega esta historia entre dos chicos jóvenes de 17 y 24 años.
Elio, amante, recibe como una auténtica convulsión la aparición de Oliver, amado. Su mirada y su ser quedan cautivos en la seducción que emana de Oliver.