DE UN DELIRIO DE INTERPRETACIÓN EN LOS ALBORES DE
LA II REPÚBLICA

“Para su seguridad, manténgase asustados”

Mensaje en una viñeta publicada por El Roto en el diario “El País”


 I. NO ES POR AZAR…

“ Se me ha ido la olla”, si me disculpan la expresión. Durante muchos momentos en la preparación de este trabajo me lo he dicho “se te está yendo la olla”. Estoy expectante por escuchar a Francisco Rodriguez su ponencia acerca de si es el psicoanálisis un método peligroso.

Mientras tanto traigo las palabras de J.A. Miller quién en su conferencia en el Teatro Coliseo de Buenos Aires del año 2008 (para los que no la conozcan la pueden encontrar en Youtube) lo advierte, de este lado: Poner en marcha , enganchar el Sujeto Supuesto Saber es una operación peligrosa, ya que puede producir un verdadero delirio de interpretación y en sujetos con vocación para ello (Lacan decía que “no se vuelve loco el que quiere”(1) ) este delirio puede extenderse, no solo a la cabeza del sujeto en cuestión, sino a todo el mundo. No es por azar que se apagó la luz al entrar yo en la estancia… No es por azar que esos coches pasan una y otra vez ante mi portal… No es por azar que ese hombre acercó sus labios a mi mejilla… en palabras del delirante que les presento hoy.

Todo acontecimiento, por tanto, va a cobrar un valor intencionado. Si damos un paso más allá, prosigue Miller, se cree que un Otro organiza, instrumenta todo eso; un Otro o una conspiración de Otros. En nuestro caso será primero la hermana, luego los partidos políticos y personalidades relevantes del panorama nacional; para llegar a abarcar, en última instancia, a personalidades internacionales y otras sociedades del espionaje. Y si a la conspiración le añadimos que ese Otro es malintencionado y goza de los infortunios que lo afligen a uno… podemos pensar en una paranoia.

¿Dónde colocaríamos, aquí y ahora, cuando tomo la palabra ante ustedes al Sujeto Supuesto Saber? Permítanme que lo ponga de su lado y deje para el final de este encuentro, concluir si hay algo del delirio de interpretación en lo que les digo.

No es por azar, por tanto, que haya elegido un título en el que resuenan la locura y la época en la que se manifestó, y que no haya mención alguna del sujeto que delira. Tampoco es por azar, que pocos días antes de estas Jornadas mencionara a un compañero esta cuestión de lo que un analista dice, deja escuchar en lo que dice, no dice, y refiriéndonos a la alusión temporal del título,a esos “albores de la II república” él me dijera: “Pero para mí sí nombras a quien delira, ya que los albores son la alborada y ésta la AURORA”. Y hete aquí que la verdad del deseo se vuelve a “medio decir” para quien la sabe escuchar. El saber de mi compañero develó lo que me/les habría ocultado.

Omití a Aurora y con ella la cadena asociativa mujer-madre-muerte. Y vuelvo a velar la verdad y ésta tiene que ver, pienso, con la dificultad para confrontar el pasaje al acto de esta mujer, que en la madrugada del 9 de enero de 1933 asesinó a su única hija de cuatro certeros tiros.

Silvia Elena Tendlarz y Carlos Dante García en su libro “¿A quién mata el asesino? van a plantear que el psicoanálisis busca acercarse a la posición subjetiva de los criminales.(2) Tarea no exenta de complejidad, por otra parte. Podríamos pensar aquí mi dificultad, esto es, en el punto de cómo acercarme y acercarles a la decisión subjetiva que llevó a Aurora a acabar con la vida de su hija. Máxime cuando esta mujer murió sin haber demandado un análisis.

Tenemos, eso sí, la historia clínica que da cuenta de su estancia y sesiones con los psiquiatras que la atendieron en el psiquiátrico de Ciempozuelos, aquí, en la Comunidad de Madrid; los diagnósticos y las sesiones del juicio; así como la reconstrucción que Carmen Domingo hace de su historia en el libro “Mi querida hija Hildegart” en “Destino”(3) y el texto “El manuscrito encontrado en Ciempozuelos” de Guillermo Rendueles.(4)

Y… sin más preámbulos les dejo con Aurora.

De su familia:

Su madre
“Tenía más sexo que seso” “Sentía adoración por mi hermana mayor” “Eran confidentes y llegaron a enamorarse del mismo hombre” “Como madre dejaba mucho que desear. No se sacrificaba por los hijos, una mujer como tantas” “Dejaba la educación en manos de criadas, no conocía la responsabilidad maternal”

Su padre
“Mi padre resultaba de carácter frío, hosco, casi intratable. Era reservado, habituado a sufrir, muy trabajador, serio de pocas palabras, generoso. Sentía debilidad por la mujer, pero no debilidad grosera, sino para protegerla. Mi niñez transcurrió en contacto con mi padre.”

Su hermana
Muy mala hermana. Rencillosa y liosa. Mala madre y mala esposa”. Deshacía matrimonios y noviazgos. Homosexual. Con los hombres era un “pingo” Era sucia de una suciedad morbosa. Sexualmente depravada y viciosa.

Ella, Aurora
Criada por nodriza, lactancia mercenaria. “No fui al colegio y no supe qué es jugar con los niños ni con mis hermanos. Nadie me enseñó a leer ni a escribir; mi infancia la pasé en el despacho de mi padre atenta a las conversaciones de éste y sus amigos. Leí todos sus libros. Mi madre me ignoraba como si no existiese o me baldaba a palos. Así aprendí a odiar a la mujer. Ella me llamaba “rebeldia” mi padre “ilusión”.Yo era su ratoncito (del padre). Cuando tenía tres años, sorprendí a mi madre besando a un hombre; noté un vacío algo especial como un ahogo y después rompí en llanto”. “Cuando tenia cuatro me regalaron una muñeca filipina y le dije a mi padre que quería una muñequita de carne. El me contestó que cuando me casara. Me horrorizó el nombre de “matrimonio””.

Muy aficionada a la música y a todo lo que sea arte. “No recuerdo cuando comencé a tocar el piano”.

“Con 6 o 7 años, ví golpear a un caballo. Me solté de las manos de mi padre y cogida a los pantalones del hombre grité para pedir que el alcalde le devolviese los palos a éste. Cuando tenía 15 años nació mi sobrino, hijo de mi hermana. Ví el cielo abierto, ya encontré lo que tanto deseaba; la muñequita de carne, por una parte y por otra, el hijo de la mujer soltera. Ante la indiferencia de su madre, lo tomé como cosa mía y me volqué en él por entero. Cuando todavía era solo un muñeco lo empecé a formar. En él sembraba lo que había en mi corazón. Sentía como mi alma iba al niño y como se modelaba el alma de éste. Cuando el niño resultó ser un prodigio para la música me sorprendí. Observé que, el día que no preparaba el concierto conmigo, éste no salía bien”. “No he soñado nunca. Soy una mujer de gran vida interior que no fantasea nunca. Antes de tomar una determinación lucho conmigo misma de una manera atroz , despues de esta lucha, cuando llego a una conclusión no vacilo ni reparo en nada, voy a la ejecución de mi plan”. Acerca de su identidad sexual muestra el brazo y el antebrazo y dice que éstos, el cuello, la cabeza y las piernas son de constitución masculina. La clavícula es viril, el cerebro también. El corazón es de mujer, cadera, pechos y nalgas femeninos. Pide a los medicos que miren su cabeza y comprueben una defección en la parte posterior superior de la misma, que indica un temperamento pervertido, no vicioso, o un temperamento perfectamente conformado. “Estos chispazos masculinos son chispazos cerebrales de cerebro viril. Hacia el sexo masculino no he sentido nunca una atracción franca de hembra, siento una verdadera atracción pero en otro sentido, es algo filial y maternal a la vez. A mí no me ha hecho gozar ningún hombre de la cintura para abajo. No he sido nunca masturbadora y hacia mi mismo sexo no sólo no he sentido atracción, sino más bien repugnancia. La homosexualidad me parece algo repugnante, vicio inexplicable”. “Con veinte años mi hermana me arrebató al sobrino y la odié por ello. Me dediqué a administrar las fincas de la familia que estaban hipotecadas, para ello leí los libros de mi padre y en tres años conseguí sanear la situación y hacerme con un patrimonio más que holgado. Veía como las amigas adoraban y deseaban las declaraciones de los hombres, yo no pensaba en casarme. Mi padre era confidente de mis ideas reformistas”. Fallece la madre en Madrid el 30 de diciembre de 1902. Fallece el padre en 1914. “En este momento tenía 35 años y abandoné la idea de crear una colonia y me propuse concebir, crear a la mujer más perfecta”.

De su delirio
No es posible determinar el momento exacto en que surgen las ideas delirantes, aunque Aurora va a señalar un momento en el que aparece ya una primera concreción del mismo. “A los veintitres años, se me ocurrió que en una finca podría hacer una colonia social. Pensaba buscar criados escogidos, de buenas condiciones morales y físicas. Casarlos lo antes posible; pensaba pagarles bien ya que pagaba la sanidad del cuerpo y el alma. De todos ellos escogería los que mejor se portasen, a estos los educaría y una vez formados los distribuiría por toda España. Tendría hombres y mujeres modelos, que formarían familias modelos. Los hijos no serían bautizados hasta los siete años, ya que el nombre tendría que ser de acuerdo con el temperamento de los niños. Hasta entonces se les llamaría con una palabra cariñosa. De entre las mujeres formaría maestras que educasen a los niños, a los que de mayores se les entregarían libros para que terminasen de formarse. Con estas familias formaría un linaje especial, distinguido, distinto del resto de los españoles, con especial cuidado para que no fuesen contaminados por los de fuera. Los matrimonios no deberían de tener más que dos hijos, hijo e hija. Ya sé yo las medidas que hay que tomar para que el feto sea hembra o macho”. (Al parecer su padre consiguió hacerle desistir de ese empeño en ese momento.) Entonces surge el convencimiento de poder crear a la mujer modelo, medida de la humanidad y redentora final. Un hombre no podría hacerlo, debía de ser mujer y joven. “Fijese bien, mujer no hijo”. Sería una continuadora porque tendría hijos modelo y así sucesivamente. Los hombres que habrían de engendrar a estas mujeres los pediría a las distintas naciones. Para empezar el linaje necesitaba al hombre ideal que además de ser aceptable renunciara a los derechos sobre la niña. “Con cautela y método comencé a buscar la persona que había de ser el padre, “mi colaborador fisiológico”. Me repugna tener que hacer la afrenta sexual”. Realizó el acto tres veces y con el convencimiento absoluto de estar embarazada rompió toda relación con su colaborador. Insiste en que con la persona elegida no existía el menor afecto “ la fecundación de mi hija se hizo de manera semejante a la inseminación artificial”. “Durante los meses de embarazo me dediqué exclusivamente al cuidado de mi misma. Evité todo tipo de fatiga, procuré ignorar las incidencias de la guerra europea y conservar la tranquilidad y a fin de que la colocación del feto no sufriera alteración alguna me despertaba cada hora y así poder cambiar la postura. Ya antes de nacer, procuré formar el alma de mi hija”. El día 9 de diciembre de 1914, a las nueve y veinticinco de la noche nació Hildegart. Niña, como ella ya sabía. Se preparó para dedicarse en cuerpo y alma a su crianza dispuesta a que no tuviera ninguna necesidad para que no mostrase ningún deseo. ““Jardín de sabiduría” es algo pretencioso y altisonante, pero respondía por entero a lo que yo deseaba y esperaba que fuera”. En los primeros días la comadrona miraba los paños con cierto recelo, y le indiqué que no fuese recelosa que su hija sexualmente era sana y perfecta. Ella no sabía que lo primero que hay que ver en un recién nacido son los ojos y después si sexualmente es perfecto”. Fue criada por ella hasta que tenía 22 meses. “Mi hija cuando mamaba lo hacía con naturalidad, no con el deleite degenerado de los niños” “ Mi hija no sabía llorar porque estaba sana, bien alimentada y distraida”. Hildegart fue inscrita en el registro por su madre como hija natural y Aurora figura en el mismo como soltera. No permite que nadie la ayude en su obra, ni que manos extrañas toquen a su hija, ni siquiera le dirijan la palabra. Se vanagloria de no haber acariciado a su hija más que en muy contadas ocasiones y ya crecida. Su instrucción, celosa, rígida, severa y matematicamente programada, dio sus frutos y con trece años, en el curso académico 28-29 Hildegart se matriculó en la facultad de Derecho dando comienzo así a una vida pública fulgurante, convirtiéndola en exponente de la nueva mujer surgida de las innovadoras ideas de la república. A medida que crecen los contactos sociales de Hildegart, aumentan las dificultades de Aurora para soportarlos y lo que se escuchaba del lado de lo megalomaníaco (Aurora heroína romántica dispuesta, a través de la maternidad, a instaurar un nuevo linaje de hombres y mujeres modelo y un nuevo orden social que sustituya a la actual degeneración de la raza) va a tomar tintes totalmente persecutorios, ante una posible desviación de su hija del destino que ella había trazado. A finales de 1932 las desavenencias entre las dos mujeres son más y más notables. Aurora las atribuye a las malas influencias de los partidos políticos y busca algo de la mala herencia del padre en Hildegart. La presencia de mala gente que quiere corromper su obra se hace evidente y las interpretaciones de los acontecimientos se van sucediendo. Aurora ya había empezado a sospechar que los partidos políticos querían explotar a su hija y aprovecharse de ella. Cuando en una cena, a la que ambas acuden, uno de los comensales sugiere que Hildegart debía cantar y beber como las demás, Aurora lo interpreta como una confirmación de sus perores sospechas. Los pensamientos persecutorios van creciendo, en Aurora, los meses previos a la muerte de la joven. Veía persecuciones, ataques y peligros a cada momento y Hildegart se sentirá cada vez más acosada. En este clima Aurora propondrá a Hildegart encerrarse en casa para evitar males mayores. Todo a su alrededor se confabula contra ellas. Hasta los coches circulan de forma rara enfrente de casa y, sobre todo, se paran como indicando a Hildegart que la esperan para llevarla. La criada vestía ropa que no podía pagar como no fuera con el dinero de sobornos; la portera la espiaba. Estaba convencida de que llegaban cartas que su hija y la criada le escondían; las veía reirse y cuchichear. “El primero que sembró la semilla en contra mía fue su padre”. Atosigaba a su hija con frases del tipo “Tu tienes una misión que cumplir en la vida y no lo debes de olvidar” “Cada día notaba que mi influencia era menor, que ellos seguían ganando terreno en el espíritu de Hildegart” . El 19 de mayo de 1933 se publica el artículo “Caín y Abel”(5) firmado por Hildegart y del que se declara autora Aurora. En él se hace pública, según esta última, la sentencia de muerte de su hija. Unos días antes y tras profundas y dolorosas reflexiones Aurora ha decidido que ha de acabar con la vida de la joven, al modo del creador que descubre que su obra no se corresponde con lo que él había imaginado. En este artículo hace un alegato de su propio crimen. “La autentica conducta acertada, legítima y justa es la que hubo de seguir el auténtico Caín … Aún cuando el criminal muera, entre la muerte del asesinado y la del asesino hay toda la diferencia de la muerte victimaria de una oveja ignorada y la muerte, rodeada de pasión y grandeza, del hombre que una vez más se igualó a Dios al quitar la vida.”

Del acto
La víspera de su paso al acto, reciben en la casa un número de la revista inglesa “The Adelphi”, en el que el séxologo Havelok Ellis pública un artículo sobre Hildegart titulado “La virgen roja”.(6) Parece ser que el título, así como, que se dijera que se trataba de una muchacha pura, no separada de la madre, fue interpretado como que, también, Ellis se hallaba mezclado en el plan urdido contra ellas. La noche del 8 de junio, tras una angustiosa jornada, Hildegart se acuesta dejando a su madre sumida en profundas reflexiones, sobre los últimos acontecimientos. Con el amanecer, y empujada por la certeza de estar obrando como debía, Aurora toma el revolver y dispara certeramente sobre su hija, causándole la muerte. “Me aproximaba a ella, revólver en mano, como si una fuerza superior a mí me empujase al crimen. Y mi final era la muerte de la muchacha que yo soñara con alientos mesiánicos, con impulsos sobrehumanos, capaz de trazar rutas nuevas a los hombres oprimidos y esclavizados. Su muerte era en gran medida mi fracaso, el hundimiento de todos mis esfuerzos y de mis anhelos. Pero era también mi victoria sobre cuantos la rodeaban, sobre quienes pretendían desviarla, sobre los que anhelaban prostituirla, para transformarla en instrumento sumiso de sus maquinaciones. Esta era mi gran victoria, amasada con lágrimas y sangre, sobre el fracaso de toda mi vida, destrozándome el pecho y dejando jirones del corazón en el ascenso terrible hacia la cima elevada por encima del bien y del mal”. Tras el acto se apaciguó y retomó su actividad reformista en la cárcel y posteriormente en el sanatorio.

Del juicio
Desde el banquillo acusó a los peritos de que no comprendían a la “mujer del porvenir”, puesto que su crimen fue la única opción que tuvo, “lo más natural del mundo”.

“Celebro que se me haya reconocido la responsabilidad de los actos y que no se haya querido utilizar mi obra achacándome una demencia estúpida que no padezco…”

Al comienzo de esta exposición, les emplazaba a concluir si algo del delirio de interpretación se había escuchado en mis palabras. Témome que lo tendremos que posponer hasta la publicación del libro de las Jornadas y leer la continuación de este trabajo bajo el epígrafe “PENSAR A AURORA”. En la espera nos queda el coloquio…

II PENSAR A AURORA

El surco que guiará mi pensamiento estará horadado por la cadena asociativa “MUJER-MADRE-MUERTE” que mencionaba al comienzo de mi exposición. En su elaboración están presentes los dos grandes enigmas del ser humano: de un lado, la sexualidad, sobre la que no hay un saber pero que Aurora va a tratar de cernir, sin poder recurrir a una estructura simbólica organizada por una cadena significante en la que la significación fálica ordene qué es un hombre y qué una mujer, así como las modalidades de goce articuladas a cada uno. A falta de la articulación con un Otro que la signifique de uno u otro lado ella va a elaborar un saber peculiar sobre lo masculino y lo femenino sostenido en lo real del cuerpo y lo imaginario. Así (se) va a decir: “Muestra el brazo y el antebrazo y dice que éstos, el cuello, la cabeza y las piernas son de constitución masculina. La clavícula es viril, el cerebro también. El corazón es de mujer, cadera, pechos y nalgas femeninos. Pide a los medicos que miren su cabeza y comprueben una defección en la parte posterior superior de la misma, que indica un temperamento pervertido, no vicioso, o un temperamento perfectamente conformado. Estos chispazos masculinos son chispazos cerebrales de cerebro viril.” A falta de una identidad sexual definida nos encontramos con una distribución arbitraria de zonas masculinas y femeninas que forman un puzzle en lo real del cuerpo; de un lado, les decía, la sexualidad y del otro, la muerte: destino irremediable de todo “nacido”; imposible de decir.

En 1955, Lacan finaliza el Seminario III “Las psicosis”(7), con la primacía del significante del Nombre del Padre como fuente del advenimiento de una estructuración normativa del sujeto. En “De una cuestión preliminar a cualquier tratamiento posible de las psicosis”(8) va a formular la falta en las psicosis como forclusión de este significante del N. del P.

Genevieve Morel en su libro “La loi de la mére” plantea la tesis siguiente: “desde que aprendemos a hablar nuestra lengua de infans, nos enfrentamos al goce de nuestra madre del que hemos de separarnos ya que se nos impone con una fuerza singular y loca. Para separarnos de la ley de la madre hacemos síntomas separadores cuyo goce va a estar asociado a lo real del cuerpo del niño.”(9)

En el caso de las psicosis ante la no operatividad de la Metáfora Paterna, y en el mejor de los casos , el psicótico producirá la metafóra delirante. La metafóra paterna es la operación a través de la cual, en la cadena significante el S1 Deseo de la madre será sustituido por el S2 Nombre del Padre posibilitando la significación fálica.

Aurora va a quedar congelada entre el S1 “Rebeldia” con que la nombre la madre y el S2 “Ilusión” con que la nombre el padre; ahí, encriptada, aislada, sin referencia a ningun otro significante y cerrada a cualquier otra significación del Otro. Del lado de la “ilusión”, en la evolución del delirio surgirá toda la elaboración megalomaníaca: la exaltación del yo, la creadora, la madre perfecta que engendra, esculpe y crea “ex nihilo” a la nueva mujer, que junto a ella (a Aurora) llevará a cabo su obra que no es otra que la de reformar la sociedad y regenerar la humanidad. Del lado de la “rebeldía” escuchamos la vertiente interpretativa y persecutoria, rodeada de enemigos que conspiran contra ella y a los que tendrá que derrotar en un auténtico combate a muerte. Podemos decir que mientrás Aurora fabula el Otro confabula.

La madre y la hermana encarnarán la pulsión acéfala, el goce desmedido y desbocado, regido únicamente por la ley de la madre que no dudará en compartir confidencias sexuales e incluso “partenaire” con su hija mayor dejando a Aurora excluida de esa relación. Rechazada y maltratada queda fascinada por esa escena de completud que madre y hermana escenifican ante su mirada dejándola por fuera, sin un lugar en la existencia. Estas dos mujeres, ese “dos en uno”, constituirán el nucleo original del Otro perseguidor, el Otro de la primera dependencia del que jamás se separó a pesar de que huyó de él y trató de evitarlo; pero que por otro lado la fascinó hasta tal grado que, de algún modo, con Hildegart intentó (re)vivir.

Su primer refugio a falta del significante del Nombre del Padre, en lo simbólico, lo va a encontrar en lo real, en el despacho del padre. Según sus palabras “el único escenario de mi vida infantil”. Buscaba algo del supuesto saber del padre , pero no es un saber acerca de la castración lo que encontró sino libros, libros y letras que ella leía con fruición y de manera autodidacta. Junto a estos textos, las conversaciones, sobre todo tipo de temas: política, mujeres, sexo…, de su padre y sus amigos, ajenos por completo a la presencia de la niña. Como conclusión dirá : “Aprendí a odiar a la mujer”.

En esta familia es donde Aurora va a poner “encéfalo”. Ante la locura pulsional de madre y hermana, ella construirá el dique de la locura razonante. Elaborará todo un edificio teórico sostenido en las lecturas realizadas en el despacho paterno, sin contrastar. Entre sus autores Galton, Darwin, Owen, Fourier, etc. Se va a tratar de un saber de lo real científico y masculino; un saber acerca de la sexualidad, sustentado en la sexología y que va a tener el convencimiento y la fuerza de la certeza. “Lo real no engaña”.

La eugenesia o ciencia del bien nacer va a ser otro de los pilares que sostendrá esta arquitectura teórica en torno a las mujeres y la maternidad y que tendrá el corolario de una práctica de ingeniería genética.

Pensar el delirio de Aurora supone para mí tres premisas básicas:

  • desde Freud el delirio va a constituir un intento de curación: “eso que nosotros tomamos como una producción mórbida, la formación del delirio, es en realidad una tentativa de curación, una reconstrucción “(10)
  •  con Lacan, al estudiar el caso Schreber, podemos tratar de seguir su indicación acerca de una evolución específica del delirio, puesta en relaciòn con la posición del presidente respecto al tema de la eviración: “Objeto de horror , al principio, para el sujeto; luego aceptado como compromiso razonable (…), desde ese momento decisión irremediable(…) y motivo futuro de una redención que interesaría al universo” (11)
  • C. Maleval en su obra “Lógica del delirio” plantea, siguiendo a la psiquiatría clásica y la lectura que Lacan hace de la misma, una lógica cuaternaria del delirio apenas esbozada por Lacan, pero que, en su opinión, se puede leer. Según Maleval, “parece posible dar un nombre a cada uno de los cuatro períodos refiriéndolos a aquello que los específica, a saber: deslocalización del goce y perplejidad angustiada para el primero; tentativa de significantización del goce del Otro, para el segundo; identificación del goce del Otro, para el tercero; consentimiento del goce del Otro, para el último.”(12)

Tratemos de rastrear estos momentos en el delirio de Aurora:

Aurora habla a sus psiquiatras de varios momentos en su niñez en los que podemos pensar la deslocalización del goce por los efectos que causa en ella. Son recuerdos y escenas en los que el personaje central es la madre, por su presencia, y el padre por su ausencia o no operatividad. Indicaba, más arriba, las escenas de madre e hija mayor de las que queda excluida, sin lugar en la existencia. La escena de la madre besándose con el hombre (des)conocido, que la deja sin palabras, real inefable. La muñeca filipina con la que reclamará al padre que le dé eso que no tiene. (Ese lugar del que la excluyen su madre y hermana, si se lo pudiera dar él). El la decepciona y la remite al matrimonio; lugar de ignominia y de horror; en sus palabras: la afrenta carnal. Su mundo está perturbado. En el campo de lo simbólico se abre una falla central. Son reales inarticulables que la dejan expuesta a una angustia existencial.

Su movimiento es hacia el llamamiento a un principio paterno y entre los libros del padre tratará de dar respuesta a los interrogantes que la habitan. No es acaso, este movimiento, una tentativa de significantización del goce del Otro. Los significantes del delirio toman lugar allí donde antes no había más que forclusión del significante del Nombre del Padre. Como la línea paterna, se volcará en la reforma de la sociedad. Es la época de la biblioteca, los libros del padre, los autores, filósofos y científicos que permitirán a Aurora dar forma a una metafóra delirante basada en la reforma y redención de la humanidad.

El delirio de Aurora se sistematiza, se sabe objeto del goce del Otro, encriptado en la frase “Aprendí a odiar a la mujer”. Ha identificado en el campo del Otro el goce desenfrenado que perturba el mundo. El drama de Aurora se desarrolla en el marco familiar y el perseguidor está encarnado por la madre-hermana.

El enfrentamiento termina para Aurora en la elaboración de la metafóra delirante, en un sentimiento de comunión con el orden del mundo. Aurora va a ser como Dios, va a encarnar a La mujer, la elegida para cambiar los destinos de la humanidad a través de su gran obra, su hija, la mujer perfecta, la mujer del porvenir. La megalomanía de Aurora la lleva a encarnar la excepción paterna “Yo era el ratoncito de mi padre”. Esta excepción pasará por encarnar la mezcla superior de los masculino y lo femenino.

De este modo la podemos pensar en Madrid. A través de su hija Hildegart, su obra, su objeto, elabora una suplencia. El delirio se encarna y se sutura. Aurora no teorizará una invención revolucionaria, ni una fórmula matemática, ella creará (al modo de Dios) a la mujer perfecta. Fundará un nuevo linaje del que quedará excluida la función paterna (solo será “un colaborador fisiológico”, un genitor ) y en el que Aurora ocupará el lugar de Dios. Sabemos con Lacan, que ese lugar es el del fundamento del orden simbólico. Se trata del lugar del 0 en la axiomática de los números naturales que verifica la intuición freudiana de acuerdo con la cual el Padre simbólico no es otro que el Padre muerto como nos recuerda Maleval (13).

Linaje materno y paterno son radicalmente diferentes. No hay ninguna duda sobre quién es la madre, constata Lacan, ni tampoco quién es la madre de la madre, y así sucesivamente. El linaje materno es innombrable: no tiene un punto de partida. Desemboca en un real que elude la simbolización. “Por mucho que necesite estar en orden, es imposible hacerlo empezar en ninguna parte”(14) Otra es la lógica del linaje paterno. En el orden significante el padre biológico puede ser el abuelo del sujeto.

Aurora se ha manifestado como una persona dotada de unas capacidades pedagógicas excepcionales que ya se pusieron de manifiesto en la educación de su genial sobrino pianista; así como de unas enormes cualidades para gestionar los asuntos económicos de la familia, a pesar de encontrarse sometida a un sistema delirante organizado y sistematizado que no parecía obstaculizar cierto buen hacer en lo cotidiano. Ejemplo paradigmático, en opinión de Rivas de “folie a deux”, “locura de a dos” en la que una madre no solo induce a su hija a seguir y defender sus ideas, sino que la concibe , cría y educa para que sea la encarnación de una idea delirante irreductible que anidó en su mente para sostener su existencia carente de los soportes simbólicos imprescindibles” (15)

Desde este punto de vista, Rivas va a considerar, siguiendo a Lacan y su artículo “Los motivos del crimen paranoico”(16), que la “folie a deux” es una forma de socialización mínima del delirio en el estrecho ámbito de las relaciones familiares (…). Y que se podría entender como una suplencia lograda, como una Metáfora Delirante de cualidad que alcanza al semejante en un vínculo no-discursivo.

Se podría entender insistirá como una forma de suplencia o anudamiento de los tres registros: Real, Simbólico e Imaginario, con una cuarta consistencia que sería el delirio.

Sin embargo, Hildegart desea, traiciona al creador y trata de pensar por fuera del delirio. Es la fractura del “régimen de la adherencia” en palabras de Lacan, en el que la más mínima fisura es vivida como una transgresión a la ley de la madre que prohibe la separación. El delirio va a perder consistencia y se produce el consecuente desanudamiento de los registros. Como consecuencia la realidad cambia alrededor de Aurora. Cualquier acontecimiento es interpretado como un signo cargado de un significado unívoco para ella: “Los coches circulaban de forma rara por delante de la casa y se paraban como indicando a Hildegart que la esperaban para llevarla”. “La criada vestía ropa que no podía pagar como no fuera con el dinero de sobornos; la portera la espiaba. Estaba convencida de que llegaban cartas que su hija y la criada le escondían; las veía reirse y cuchichear”.

Como podemos escuchar se produce, en expresión de Maleval, “un pasaje retrogrado”(17) al período persecutorio. La posición de Aurora vuelve a hacerse insostenible. Despojada de la suplencia, vuelve a experimentar el horror que la consagra a aprehenderse, una vez más, como objeto de goce para el deseo del Otro. Todo esto es experimentado como un deseo de muerte para ella. Frente a este deseo se le van a plantear dos únicas salidas: o se suicida, cediendo al mal y reconociendo el triunfo del Otro y su lugar de deshecho ante su Deseo innombrable; o mata a su hija y persevera, reafirma su narcisismo y vuelve a fabular. Optará por esta última solución.

Dará muerte a su hija, en un intento desesperado por sostener su delirio, ese lugar que cree poder habitar, a pesar de todo. La certeza delirante la llevará a reivindicar su acto como sublime. Lo único que cabía hacer para recobrar el orden del mundo y derrotar al Otro.

Sucintamente deseo señalar que, trás el pasaje al acto, el delirio de Aurora se va a volver a estabilizar del lado de lo megalomaníaco. Defenderá que, en el momento de su muerte, la esencia de su hija volvió a ella, a través de una vivencia próxima al traspaso de energia de un cuerpo a otro, algo de orden material. El espíritu con el que Aurora fecundó a su hija regresa, de este modo, a su lugar de origen , el alma de Aurora. No reconoce nada que tenga que ver con la perdida, con el duelo. Su narcisismo se recompondrá, de este modo, y volverá a sentirse plena y dispuesta a emprender nuevas tareas de regeneración y reforma allá donde esté. Comenzará por la cárcel a la que tratará de transformar en instituto regenerador y culminará en sus fantasias del manicomio ideal por el que pasarán todos los hombres y mujeres para reeducarse.

A pesar de todos estos esfuerzos se irá deslizando desde el “TODO ES POSIBLE” del polo megalomaníaco al “TODO ESTÁ PERDIDO” del polo melancólico. En los últimos años de reclusión la escuchamos melancolizada: “Estoy rota , completamente rota. No tengo ilusiones. De pronto ante mi vida, una muralla enorme, imposible de franquear… que mi vida termine cuanto antes”. Fabricó un muñeco de gran tamaño al que cuidó e intentó dotar de vida, metiéndolo en la cama y arrullándolo constantemente.

No quiere visitas de los médicos ni que la traten de un cáncer que le han diagnosticado. Tras 23 años de internamiento en los que no dejó de solicitar la pusieran en libertad, falleció el 1 de noviembre de 1956.

Este trabajo quiere inscribirse en una tradición que desea saber sobre la locura y y tiende a acentuar la vertiente creativa o reconstructiva de la misma, concibiéndola como drama personal o verdad trágica, en palabras de Jose María Alvarez.(18) Frente a quienes conciben la locura como una desgracia inevitable, como un proceso que se pone en marcha sin contar con el sujeto, defiende la participación del loco en su locura, haciendo de ésta una forma de insana defensa, serpenteante huida o abrupta ruptura.